lunes, 27 de noviembre de 2017

Nanocarreras

Nanocarreras: monolinguismo, tecnologismo, globalismo, individualismo, instrumentalismo. 
Falacia del desaprender, de la caducidad del conocimiento, del emprendimiento. 
Sumisión al capitalismo corporativo. 
Serán un éxito.


lunes, 20 de noviembre de 2017

Nuestro sistema universitario ha perdido su capacidad emancipatoria

“Nuestro sistema universitario ha perdido su capacidad emancipatoria”. Entrevista a Emmanuel Todd
Declaraciones al semanario francés Marianne recogidas por Bertrand Rothé y Hervé Nathan
Sin Permiso 11/11/2017

Marianne: En su último ensayo, Oú en sommes-nous?, afirma usted que la crisis de las democracias en los países avanzados no es en primer lugar producto de las desigualdades de ingresos o de patrimonio, como dicen los economistas, sino ante todo consecuencia del bloqueo del sistema educativo. ¿Cómo llega usted a esta conclusión?

Emmanuel Todd: Es algo más matizado. En un primer momento, la democracia es producto del desarrollo de la educación. En el siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, la alfabetización masiva ha permitido, ha vuelto inevitable la generalización del sufragio universal. Luego la masificación de los estudios secundarios ha acompañado a la profundización de la democracia. A la inversa, hoy en día, el sistema educativo crea y justifica las desigualdades económicas. En el fondo, estamos todos estupefactos por la debilidad de las reacciones ante la explosión de las desigualdades de ingresos y de patrimonio. La nueva estratificación educativa creada por el desarrollo de la enseñanza superior lo explica. En una sociedad occidental tipo, básicamente, un tercio de los jóvenes realizan estudios superiores completos. Otro tercio no los acaba o se detiene al terminar la secundaria. Y el último tercio queda trabado en un nivel cercano a la primaria. Como la selección se pretende racional y justa, meritocrática, la gente de abajo y la de arriba ya no pueden impugnar el nuevo orden social. Admiten las desigualdades económicas. Un subconsciente social de desigualdad guía nuestras elecciones económicas.

¿Dice usted que se ha hecho creer que las desigualdades económicas eran consecuencia del nivel de inteligencia revalidado por la estratificación escolar?

Exacto. Es eso, el trabajo del inconsciente social. Todo empezó en los Estados Unidos. Este país va en cabeza en materia educativa desde principios del siglo XX. Fue el primero en incrementar la enseñanza secundaria de masas, y ampliar luego el acceso a los estudios superiores. Ahora bien, este desarrollo se detuvo brutalmente a mediados de los años 60 con el esquema un tercio-un tercio-un tercio para cada nueva generación. La guerra de Vietnam ilustró el nuevo enfrentamiento cultural: los obreros estaban en los arrozales, los estudiantes dispensados del servicio militar se manifestaban en los campus. Desde entonces, el sistema no se ha movido más que en una dimensión: las mujeres han rebasado a los hombres en términos de rendimiento educativo. Pero, atención, en mi opinión, eso no quiere decir que la pausa sea definitiva. La Historia nos enseña también que en ciertos estadios del desarrollo pueden existir fases. Como ha sido el caso en Europa Occidental tras la alfabetización de masas, entre 1910 y 1950.
Las encuestas de opinión constatan el papel de primer orden de esta estratificación educativa. Es la variable más eficaz para explicar las últimas elecciones en Francia, en Gran Bretaña y en Estados Unidos. La estratificación educativa, más que la posición económica, explica el surgimiento de lo que se llama, con condescendencia, populismo. La cuestión de un efecto perverso del orden meritocrático se plantea por fin. ¡Ya era hora! Yo había abordado por primera vez esta cuestión L´Illusion économique, publicado ¡en 1997!

Pero, desde hace dos siglos, las sociedades se dividen, grosso modo, entre un proletariado, clases medias, una élite. Entonces, ¿qué es lo que cambia?

La diferencia está en el número: ese tercio de la población. Antes, los de formación superior no representaban más que un débil porcentaje y tenían necesidad de los demás para vivir. En esta época, cuando escribías un libro, no podías contentarte con dirigirte a las élites; para tener un público, tenías que dirigirte a la gente corriente, simplemente alfabetizada. Hoy en día, las nuevas élites de masas, con un tercio de la población, pueden vivir en una burbuja. El separatismo social se funda en este número. Hoy en día, si haces una película, puedes muy bien no dirigirte más que al 30% de la población que ha cursado estudios superiores. Los políticos han entendido esto. Macron no se dirige más que a esta población, es ella la que lo ha elegido. Eso es lo que nos aleja cada vez más del sueño de emancipación de mayo del 69 y nos acerca a la desintegración social.
Los sistemas culturales de lo alto, lo mediano y lo bajo se ignoran cada vez más, tienden incluso a despreciarse. Hay por tanto urgencia de escapar al aislamiento, investigar una nueva fusión sociocultural, inventar las políticas económicas que permitan una coexistencia fraternal entre gente que ha cursado estudios primarios y los que han seguido estudios superiores. Salir del enfrentamiento entre elitismo de masas y populismo minoritario. En Francia estamos todavía en el grado cero de la investigación de una solución.
El enfrentamiento televisivo entre Le Pen y Macron fue su trágica puesta en escena. Marine Le Pen, como invadida de la inferioridad educativa su electorado obrero, no dominaba ninguno de los temas, mientras que su rival daba la impresión de pasar por enésima vez su examen oral en la ENA [Escuela Nacional de Administración, centro de formación de las élites burocráticas francesas], repitiendo por lo demás una vulgata económica que lleva a Francia al desastre y que él no es capaz de criticar. ¡No he dicho nunca que la gente con educación superior sea inteligente de modo superior!

Pero la ENA no es la única en ser cuestionada. Pone usted al día un nuevo concepto, “academia”, que engloba el conjunto de las instituciones de enseñanza superior…

La enseñanza superior es sociológicamente disfuncional. Nuestro sistema universitario ha perdido su función emancipadora. Ya no se encuentra suficiente gente que tenga un espíritu libre y abierto. Se ha convertido en una máquina de clasificar y la selección se realiza de acuerdo con criterios de sumisión, de disciplina, de conformismo. Su función consiste en reclutar buenos soldados.
Hay una experiencia que he vivido a menudo en las universidades. Soy un investigador heterodoxo, que dice cosas que no están en el programa. Con frecuencia, los estudiantes son el peor de los públicos, con una buenísima justificación: saben que no podrán utilizarme. Peor, notan instintivamente que citándome en un concurso o en un examen correrían un riesgo. Hay un pequeño cariz represivo en la educación superior.

¿Represivo o normativo?

Para mí es la misma palabra. Pero normativo, por qué no…Tiene usted razón, es mejor, es más sobrio y, como sucede a menudo, lo que es más sobrio es más duro.

¿Y en Francia?

En Francia este bloqueo apareció hacia mediados de los años 90. Pero nos hemos convertido en campeones del conformismo meritocrático. Nuestro sistema tiene raíces en el oxímoron del “elitismo republicano”. Desde hace mucho tiempo, tenemos “centraliens” [ingenieros formadas en las llamadas Escuelas Centrales] de superior inteligencia que difícilmente se recuperan de haber fracasado en el Politécnico, olvidan el viejo adagio: “Uno del Politécnico es el que lo sabe todo, absolutamente todo, pero nada más”. De todos modos, la clasificación de las escuelas de ingenieros guarda relación con el nivel de mates, fracción insuficiente pero real de la inteligencia. En las ciencias humanas las prohibiciones ideológicas son ley. En la cima, en el peor de los casos, la selección de los “enarcas” [licenciados de la ENA] se ha convertido en un vasto concurso de peloteo. Hay que preguntarse si nuestra selección no envía a lo más alto de la jerarquía a los menos aptos para el pensamiento individual.
¿Cómo extrañarse de la progresiva compra por parte de élites extranjeras más imaginativas, de todos los campeones industriales franceses, cuyos ejemplos de actualidad son Alstom y los astilleros de Saint-Nazaire?

Se habla hoy de intensificar la selección en la entrada a la universidad en Francia. ¿Cómo interpreta usted esta evolución?

La interpreto como un intento de cerrarse sobre sí mismo del orden meritocrático.

¡Critica usted la meritocracia cuando se trata de un valor republicano!

Hay que contar la historia de esta palabra. La inventó un genial sociólogo inglés, Michael Young, que creó el concepto e hizo a la vez la crítica del mismo. Escribió en 1958 un librito, The Rise of the Meritocracy, que se presenta como una novela de ciencia-ficción escrita en 2033 que anticipa la deriva del sistema. Al comienzo, la meritocracia es genial, tiene usted razón, es republicana, respeta la igualdad de oportunidades. Es progresista, y por tanto formidable…Salvo que, si se aplica el concepto a fondo, al cabo de un cierto tiempo, se tiene un sistema escolar que escoge a la gente en función de su inteligencia y se obtiene una sociedad de jerarquías con sello oficial. La gente de arriba puede sentirse intrínsecamente superior. Los de abajo ya no son parte de un proletariado explotado, nacidos mal “por azar”: han pasado por una máquina que les ha metido en la cabeza que eran inferiores. Por tanto, se obtiene con la meritocracia un sistema de desigualdad con una gran estabilidad ideológica y mental.
Pero Young es todavía más genial cuando nos lleva a prever la deriva del sistema. Las primeras generaciones meritocráticas se niegan a someter a sus hijos al juego implacable de la clasificación social y hacen de todo para protegerlos. Desarrollan estrategias para evitarlo, pagándoles estudios que tienen en cuenta lo menos posible su nivel intelectual real. Racionamiento y selección con certificado de conformismo acaban por bloquear la máquina meritocrática. Cada vez más, gente verdaderamente inteligente, rebeldes al orden intelectual establecido, hombres de ideas, no pueden ya cursar estudios superiores y se acumulan en lo más bajo o en medio de la sociedad para convertirse en cuadros de la revolución futura. Ya ve usted, soy un optimista. No se detiene la historia.

lunes, 19 de junio de 2017

El negocio de las publicaciones académicas

Ya nos hemos referido aquí a las perversiones de la actual cultura de la medición, la normalización y el impacto que ha colonizado la universidad española.
Hoy reproduzco aquí (no íntegramente y sin las notas con las referencias utilizadas por el autor) una interesante reflexión de George Monbiot, incluida en el libro ¿Cómo nos metimos en este desastre? (Editorial Sexto Piso, Madrid 2017), en el que se recogen una cincuentena de artículos publicados por este autor entre 2010 y 2015.
Monbiot es un conocido escritor británico, columnista de The Guardian y de El Diario, autor de libros muy recomendables, de los que sólo dos están editados en castellano:La era del consenso, Anagrama 2004, y Calor. Cómo parar el calentamiento global, RBA 2008.
El artículo original, en inglés y con las referencias utilizadas para su elaboración, puede leerse aquí.

LAS GUARIDAS DEL ESTUDIO

¿Quiénes son los capitalistas más crueles en el mundo occidental? ¿Cuyas prácticas monopolistas hacen que Wal-Mart parezca una tiendecita y Rupert Murdoch un socialista? No adivinará la respuesta ni en un mes de domingos. Si bien hay muchos candidatos, no doy mi voto a los bancos, las compañías petroleras o las aseguradoras de salud, sino -espere- a los editores académicos. [...] De todos los fraudes empresariales, el chanchullo que ellos dirigen es el que necesita con más urgencia ser remitido a las autoridades de la competencia.
Todo el mundo proclama que está de acuerdo en que hay que animar a la gente a comprender la ciencia y demás investigación académica. Sin los conocimientos actuales, no podemos tomar decisiones democráticas. Pero los editores han puesto un candado y han colgado un cartel de «Prohibido acercarse» en la puerta.
La política de pagos que utiliza Murdoch puede no gustarle, pues cobra una libra por veinticuatro horas de acceso a The Times y a The Sunday Times. Pero al menos en ese período se pueden leer y descargar tantos artículos como uno quiera. Leer un solo artículo publicado por una de las publicaciones de Elsevier le costará 31,51 dólares. Springer cobra 34,95 dólares, Wiley-Blackwell 42 dólares. Si lees diez, pagas diez veces. Y las publicaciones conservan el copyright a perpetuidad. ¿Quiere leer una carta impresa en 1981? Eso le costará 31,50 dólares. Por supuesto, podría ir a la biblioteca (si es que todavía existe). Pero los precios astronómicos también han llegado a ellas. El coste medio de una suscripción anual a una publicación de química es de 379 dólares. Algunas revistas cuestan 10 mil dólares al año o más. La más cara que he visto, Biochimica et Biophysica Acta de Elsevier, cuesta 20.930 dólares. Aunque las bibliotecas académicas han estado recortando drásticamente las suscripciones para llegar a final de mes, las publicaciones ahora consumen el 65% de su presupuesto, lo que significa que han tenido que reducir el número de libros que compran. [...]
Murdoch paga a sus periodistas y editores, y sus empresas generan gran parte del contenido que utilizan. Pero los editores académicos consiguen gratuitamente los artículos, los ensayos de sus colegas (investigaciones realizadas antes por otros investigadores) y gran parte de lo que editan. El material que publican fue encargado y financiado no por ellos sino por nosotros, a través de becas de investigación del Gobierno y estipendios académicos. Pero para verlo tenemos que volver a pagar, y un ojo de la cara.
Las ganancias son astronómicas, en el último año financiero, por ejemplo, el margen de beneficios operativo de Elsevier fue del 36% (724 millones de libras de unos ingresos de mil millones de libras). Este dinero es el resultado de tener el control absoluto del mercado. Elsevier, Springer y Wiley, que han comprado a muchos de sus competidores, actualmente publican el 42% de los artículos.
Más importante aún es que las universidades están atrapadas en la compra de sus productos. Los artículos académicos sólo se publican en un sitio, y tienen que ser leídos por los investigadores que tratan de mantenerse al día respecto al tema. La demanda es inelástica y la competencia, inexistente, porque las diferentes publicaciones no pueden publicar el mismo material. En muchos casos los editores obligan a las bibliotecas a comprar un gran paquete de publicaciones, las quieran o no. [...]
Los editores sostienen que cobran esos precios debido a los costes de producción y distribución, y que añaden valor (en palabras de Springer) porque «desarrollan marcas de revista y mantienen y mejoran la infraestructura digital que ha revolucionado la comunicación científica en los últimos quince años». Pero un análisis realizado por el Deutsche Bank llega a otras conclusiones. «Creemos que el editor añade relativamente poco valor al proceso de publicación [...] si el proceso realmente fuera tan complejo y costoso, y tuviera tanto valor añadido como dicen los editores, no se alcanzarían márgenes del 40 %». En lugar de ayudar a difundir la investigación, los grandes editores lo impiden, ya que sus largos tiempos de respuesta pueden retrasar un año o más la publicación de los hallazgos.
Lo que aquí vemos es puro capitalismo rentista, monopolizar un recurso público y luego cargar un precio desorbitante para utilizarlo. Otro requisito para ello es el parasitismo económico. Para obtener el conocimiento por el que ya hemos pagado, debemos entregar nuestro derecho al uso de las guaridas del conocimiento.
Esto no favorece a los académicos; para los legos es peor. Me refiero a los lectores de trabajos revisados por colegas, según el principio de que todas las reclamaciones deben ir a sus fuentes. Los lectores me dicen que no alcanzan a discernir por sí mismos si he representado la investigación con imparcialidad o no. Los investigadores independientes que tratan de informarse sobre temas científicos importantes tienen que apoquinar mucho dinero. Es un impuesto sobre la educación, una asfixia de la mente pública. Parece contravenir la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que dice, «Todo el mundo tiene derecho libremente a [...] compartir los avances científicos y sus beneficios».
La publicación con acceso abierto, a pesar de lo que promete, y de algunos excelentes recursos como la Public Library of Science y la base de datos de física arxiv.org, no han logrado desplazar a los monopolistas. [...].
La razón es que los grandes editores han unido las publicaciones a los factores de mayor impacto académico, en los que la publicación de trabajos es esencial para los investigadores que pretenden conseguir becas y avanzar en su carrera. Uno puede empezar a leer publicaciones de acceso abierto, pero no puede dejar de leer aquellas que lo tienen cerrado.
[...]
A corto plazo, los Gobiernos deberían remitir a los editores académicos a los organismos de control de la competencia, e insistir en que todos los trabajos que se refieran a alguna investigación financiada con dinero público se pongan en una base de datos pública. Más a la larga, deberían trabajar con investigadores para eliminar por completo al intermediario, y crear, siguiendo las líneas propuestas por Björn Brembs, un solo archivo global de datos y literatura académicos. La revisión que hacen los colegas estaría controlada por un cuerpo independiente. Se podría financiar con los presupuestos de las bibliotecas que actualmente se derivan a manos privadas.
El monopolio del conocimiento es tan injustificado y anacrónico como las Leyes del Maíz. Echemos a esos jefes supremos parásitos y liberemos la investigación que nos pertenece.

miércoles, 26 de abril de 2017

¿Y si los sociólogos tuviesen tanta influencia como los economistas?

Publicado en The New York Times el pasado 17 de marzo. Publicado en castellano por el mismo medio, aunque con distinto título.
¡Un subidón de autoestima!


Para entender la situación económica, busca a un sociólogo

Si caminas media calle en el centro de Washington, es casi seguro que pasarás junto a un economista. La gente con instrucción avanzada en ese campo moldea las políticas en temas tan variados como la manera en que se proporcionan los servicios de salud, las licitaciones de licencias de radiodifusión y transmisión televisiva, o las regulaciones sobre la contaminación ambiental.
No obstante, podría haber una desventaja en el hecho de que esta disciplina académica tenga tanta primacía en la elaboración de las políticas públicas.
Dicen que si solo tienes un martillo, cualquier problema te parece un clavo. El riesgo es que cuando todos los asesores de políticas son economistas, todos los problemas parecen reducirse a un inadecuado PIB per cápita.
Hay otra disciplina académica que podrá no contar con la atención de los presidentes pero quizá podría explicar mejor en realidad qué ha fallado en grandes espacios de Estados Unidos y otras naciones avanzadas en los últimos años.
Los sociólogos pasan su carrera tratando de entender cómo funcionan las sociedades. Algunos de los problemas más apremiantes en varios países pueden reflejarse en datos económicos como niveles bajos de empleo y salarios estancados, pero también son evidentes en las tasas elevadas de depresión, drogadicción y muerte prematura. En otras palabras, la economía solo es una pieza del más amplio problema de la sociedad. Así que quizá valdría la pena escuchar a las personas que estudian justo eso.
“Una vez que los economistas tienen la atención de los funcionarios de Washington, los convencen de que las únicas preguntas que vale la pena hacerse son aquellas que los economistas tienen la capacidad de resolver”, dijo Michèle Lamont, una socióloga de Harvard y presidenta de la American Sociological Association. “No quiero decir que se reste importancia a lo que hacen. Simplemente se trata de que muchas de las respuestas que ellos dan son muy parciales”.
A modo de correctivo, me sumergí en algunas investigaciones sociológicas con un enfoque particular en los grandes problemas enfrentados hoy en día por las comunidades en países avanzados, para entender el tipo de lecciones que este campo puede ofrecer.
Para empezar, mientras que los economistas tienden a considerar un empleo como un intercambio directo de trabajo por dinero, una buena parte de la investigación sociológica muestra lo vinculado que está el trabajo con un sentido de propósito e identidad.
“Los sueldos son muy importantes porque, desde luego, ayudan a que las personas vivan y mantengan a sus familias”, señala Herbert Gans, un profesor emérito de Sociología de la Universidad de Columbia. “Pero lo que los valores sociales pueden hacer es decir que el desempleo no se trata solo de perder un sueldo, sino de perder la dignidad y la autoestima, el sentido de utilidad y todas las cosas que hacen que los seres humanos se sientan felices y capaces de funcionar”.
Eso parece ser todavía más cierto en Estados Unidos. Por ejemplo, Ofer Sharone, un sociólogo de la Universidad de Massachusetts en Amherst, estudió el desempleo entre los profesionistas y encontró que los estadounidenses consideraban su capacidad de asegurar un empleo como un reflejo personal de su valor como personas. Por lo tanto reaccionaban muy mal al rechazo, con frecuencia culpándose a sí mismos y en muchos casos dejando de buscar trabajo. En contraste, en Israel los profesionistas veían conseguir un empleo como algo más relacionado con ganar la lotería y se descorazonaban menos por un rechazo.
Sharone trabaja con terapeutas laborales con el fin de explorar cómo usar este hallazgo para ayudar a los desempleados de mucho tiempo.
Jennifer M. Silva, de la Universidad Bucknell, ha estudiado en años recientes a jóvenes adultos trabajadores y ha encontrado un profundo sentimiento de inseguridad económica en la que los marcadores tradicionales de adultez, como comprar una casa, casarse y asegurar un empleo, se perciben como fuera de alcance.
Junta esas lecciones y podrías pensar que la nostalgia económica que alimentó la campaña presidencial de Donald Trump no tenía que ver tanto con la pérdida de ganancias por los desaparecidos empleos en fábricas. Más bien, puede ser que la economía industrial ofrecía a los obreros un sentido de identidad y propósito que la moderna economía de servicios no les da.
La sociología también ofrece lecciones importantes acerca de la pobreza que la economía no brinda por sí sola. Evicted, un libro muy celebrado del sociólogo de Harvard Matthew Desmond, muestra cómo el riesgo siempre presente de perder una casa genera inseguridad y pesimismo entre los estadounidenses pobres.
Va en contra de la tendencia pensar en una política de viviendas solo como una cuestión de cuáles subsidios van a quiénes y qué incentivos deben darse para alentar a los bancos a hacer préstamos en vecindarios pobres. Todo eso es importante, por supuesto, pero en realidad no aborda el abrumador desafío de la inseguridad que afecta a millones de personas.
Asimismo, una gran cantidad de investigaciones sociológicas trata sobre la noción de la estigmatización, incluyendo a los pobres y las minorías raciales. Deja en claro que hay problemas más difíciles de resolver acerca de estos asuntos que simplemente eliminar la discriminación que se da de manera abierta.
Es una cosa, por ejemplo, prohibir la discriminación en la vivienda por motivos raciales. Pero si los corredores de bienes raíces y los posibles vendedores de una casa rechazan sutilmente a unos compradores pertenecientes a una minoría, el efecto no cambia. El profesor Gans, de Columbia, ha sostenido durante décadas que la estigmatización de los estadounidenses pobres alimenta la pobreza persistente y arraigada.
Si existiera el Consejo de Asesores Sociales de la Casa Blanca, uno de sus grandes retos sería convertir algunos de estos hallazgos en propuestas reales de políticas que podrían ser de ayuda.
Tratar de resolver los problemas sociales es una tarea mucho más compleja que trabajar para mejorar los resultados económicos. Es relativamente claro cómo un cambio en las políticas hacendarias o un ajuste a las tasas de intereses pueden hacer que la economía crezca más rápido o más lento. Es menos obvio lo que puede hacer el gobierno, si acaso, para cambiar fuerzas impulsadas por la psique humana.
Sin embargo, hay un riesgo de que un círculo vicioso esté funcionando. “Cuando nadie nos pide consejo, no hay un incentivo para convertirnos en una esfera de la política”, dijo el profesor Gans.
Puede ser cierto que estas lecciones sobre la identidad y la comunidad no se transformen de inmediato en informes gubernamentales de políticas ni en planes de cinco pasos, pero una comprensión más profunda de ellas ciertamente podría ayudar a quienes elaboran las políticas
.


domingo, 26 de marzo de 2017

CIVERSITY Working Papers nº 2. Iralabarri: orígenes del urbanismo social de Bilbao

Ya tenemos publicado el segundo de los CIVERSITY WORKING PAPERS. En esta ocasión se trata de un interesantísimo trabajo de recosntrucción de la memoria urbana de Bilbao a través de uno de sus barrios más característicos: Iralabarri. Su autor, Víctor Urrutia, es una de las personas que mejor conoce los orígenes y desarrollo de este barrio.